domingo, 25 de junio de 2017

Regresemos a la Naturaleza



Por Ronald Benites

Hay un lugar donde se pone a prueba todo el esfuerzo y sacrificio que desplegamos en el gimnasio: el medio natural, el aire libre, allí donde la electricidad y la tecnología son de uso limitado, donde somos nosotros en medio de la Creación.

Muy pocos recordamos, o queremos recordar, que mucho antes de que existieran las redes inalámbricas y los teléfonos inteligentes, los seres humanos teníamos que estar en forma para ir en medio de los bosques, las montañas y el agua buscando nuestro sustento. Hacía falta estar bien alimentado pero también tener los músculos fuertes y flexibles para podernos mover con rapidez, sagacidad y éxito; de lo contrario era imposible sobrevivir.

Incluso cuando nos fuimos organizando en asentamientos humanos como los pueblos o las primeras ciudades, la actividad física constante era básica para ganarnos la vida.

Conforme nuestro conocimiento permitió que la tecnología se desarrolle más, también hemos ido perdiendo esa conexión con ese medio donde nos desafiábamos y nos desafiaban a sobrevivir. En cierto modo, la comodidad de un techo y la inmediatez de un click nos ha ido despegando de nuestros espacios ancestrales, y aunque tratemos de recrearlos a pocos metros de nuestros hogares o dentro de ellos, no es lo mismo.




Por eso, para quien se exige constantemente en un gimnasio o un centro deportivo, el retorno a la Naturaleza no debe considerarse como una actividad extravagante sino necesaria, no como un hecho extraordinario sino como una costumbre continua.

La razón es tan simple como que el contacto con la Naturaleza nos revitaliza al respirar el aire puro, al obligarnos a estar en constante actividad física, a resolver nuestras carencias con creatividad, a maravillarnos con los procesos y las interacciones de los seres vivos y el paisaje... porque de ahí vinimos, y ahí tenemos que regresar tan frecuentemente como podamos para limpiarnos
el alma.

Podríamos decir que, desafortunadamente, nuestros espacios urbanos cada vez más ahogan nuestros espacios naturales, pero en cierto modo somos responsables de ese proceso al no plantearnos un crecimiento ordenado y un aprovechamiento más racional del medio y la forma cómo vivimos.



Por eso, es deseable que, además de pedir que nuestros servicios básicos estén debidamente implementados y satisfechos, también debemos incorporar el respeto y la conservación de nuestros espacios naturales en los que podamos intervenir preventivamente sobre nuestra salud física, mental y hasta espiritual. Espacios en los que no solo podamos realizar actividad física o practicar deporte, sino en los que también podamos meditar, producir alimentos saludables
y hasta seguir terapias de diferente tipo.
 
Nuestras autoridades actuales o aspirantes tienen allí un punto de agenda interesante que no deben obviar, sino promover, gestionar y defender.

En lo personal, disfruto mucho de estar en contacto con la Naturaleza: siento que limpio mi alma; y para fortuna hay muchos espacios alrededor de Chulucanas,
mi ciudad, donde puedo disfrutarlos tras avanzar unos pocos minutos sea a pie, corriendo, o en bicicleta (de hecho, las fotos de mí mismo en este artículo fueron tomadas en este lugar). 
 

Aunque confieso que tengo una gran debilidad por la sierra, por la que siempre voy a sentirme maravillado. No sé. Quizás algún día llegar a vivir allí,
comer rico y saludable, ejercitar mi cuerpo y mi mente mientras escucho a los animales o el agua de los arroyos como fondo... en fin, regresar a ese espacio
donde alguna vez el ser humano aprendió a ser humano.


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